CÓMO ESCRIBIR: Cuestiones de conveniencia en la trama

La literatura, el terror y la tecnología


   No me cabe duda de que algún día, hemos de mirar atrás en la historia y diremos que, con la llegada de la informática, ha nacido una nueva edad en la vida de la humanidad; y es que con la influencia que la tecnología tiene en nuestro día a día, me es difícil no reconsiderar la noción de contemporaneidad con la que definimos los cambios constantes, las transformaciones, el devenir ininterrumpido al que estamos expuestos y muchas veces sometidos en nuestra vida diaria. Es entonces, que ya no se trata de redefinir un tiempo de cambio o de transformaciones, sino más bien redefinir e integrar el concepto de la perpetuidad que ello implica, es decir, de estar sujetos, constreñidos, obligados a estar actualizados o a actualizarnos, cual programa de computadora; pues, es por demás evidente que la tecnología cambia y el hombre junto con ella. Igual, en lo que nos atañe, esto es harina de otro costal.
   La tecnología nos ha permitido estrechar las barreras de la comunicación, la información, el conocimiento, la ciencia, la educación, algunos incluso han sabido encontrar una vena económica o un medio más para ejercer y explotar su influencia política o social. Y ustedes se preguntarán... ¿qué cuernos tiene que ver todo esto con el terror y la literatura? Permítanme contestarle esta pregunta con otra pregunta: ¿Alguna vez se imaginaron que habría sido de Misery, si Paul Sheldon hubiera tenido un celular? ¿o si hubiera habido conexión de internet o WiFi en el hotel Overlook? ¿o si Johnny Smith hubiera tenido un canal de YouTube para denunciar a Greg Stillson? Convengamos que Internet a veces tiene cosas que podrían hacer sonrojar al peor de los Cenobitas.
Si has llegado hasta aquí, espero haberte robado una sonrisa o por lo menos, haberte dado algo nuevo en qué pensar. 
   Mi punto es, que no me imagino a Hannibal Lecter, escribiendo misivas indirectas a Clarice Starling por medio de su cuenta de Twitter o a Mina Harker contar su día a día a través de un post de Facebook y al viejo Conde, dándole "Me encanta" a cada comentario.
   Esto que te digo -y que, a su vez, suena tan descabellado-, tiene su razón de ser y es que cada obra a la que a cabo de hacer referencia, es perfecta por el contexto y la época en la que fue escrita.
 El terror contemporáneo, especialmente en la literatura, es tan difícil de lograr por la propia sobreinfluencia -si se me permite el neosilogismo- de la tecnología en nuestra vida, es por ello que los autores -y me incluyo- se sienten más cómodos escribiendo desde la perspectiva de la década de los años 70´, 80´, o principios de los 90´ y es que gran parte de la magia del terror clásico, viene dada por la incertidumbre y la falta de cercanía o de contacto con el otro, donde un personaje debía correr varias calles para encontrar la casa vecina más próxima o donde el acceso a un teléfono era más limitado y fácil de anular, en fin, donde la barrera de la comunicación era más amplias o difícil de alcanzar.
   La tecnología ha despojado a las diferentes tramas del elemento “TENSIÓN”, tan importante para causar angustia o desasosiego en el lector. 
   ¿Qué dirían, si yo les dijera que la novela Cujo, se podría haber resuelto con un simple mensaje de WhatsApp? Gracias a Dios, no es así; de lo contrario se habría despojado a la historia de toda su belleza. 
   Es difícil incluir la tecnología dentro de la literatura y es que muchas veces, para conveniencia de la trama, al escritor le conviene olvidarse de que el celular, por ejemplo, es una herramienta de uso cotidiano. Y es que no sólo podemos apreciarlo en la literatura, sino también podemos verlo en el ámbito del cine, donde el escape más sencillo a este escollo es el clásico cliché de: uno, el celular se queda sin batería o dos, no hay cobertura en el área en la cual transcurre la historia.
   Si bien, un cuento, un relato o una novela de ficción, no tiene porqué ser verídica; si debe brindar o crear en el lector, la fuerza, la ilusión de verosimilitud, una convicción vaga de realismo sobre la misma, para que la narración se sostenga y cobre la virtualidad que le permita este último, ser parte o testigo de la historia que se pretende contar.
   La tecnología puede no ser la mejor aliada del terror actual, pero eso no quita que existan producciones que sepan sortear dichos inconvenientes. Un relato, en pleno 2020 que no incluya un celular en la mano del protagonista, puede resultar en una excelente historia si la ausencia del mismo está bien justificada, pero pierde verosimilitud. ¿Quién no quisiera hacerse famoso con una Selfie al lado de un fantasma o un extraterrestre? Es más difícil de lograr, pero quedarse sólo con una historia de fantasmas en la actualidad, no sólo es triste, sino poco arriesgado para un escritor, siendo que cada día nacen cientos de nuevos estilos y vertientes que se esfuerzan por nutrir este género tan infravalorado por algunos. No sé, quizás, porque las historias de fantasmas en casas abandonadas eran un tema propio, recurrente de otra época, con otras costumbres, credos y realidad social; pero que, al fin y al cabo, continuaban siendo una zona de confort más, para las producciones de horror que no querían arriesgarse al reproche o la falta de aceptación por parte del público lector. Pero este también, es un tema para otro artículo.
   Así que, como conclusión, puedo decir que, en mi opinión, prefiero una historia ochentosa a una historia que por simple conveniencia del guión o de la trama, sea despojada de la verosimilitud de la que debería estar dotada o se prostituya para el mero entretenimiento sin tener en cuenta la realidad en la que estamos inmersos. Aún así... qué importa, si después de todo, siempre tenemos la posibilidad de decir que: uno, el celular se quedó sin batería o dos, nos quedamos sin área de cobertura en el sitio en donde transcurre la historia.


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