Un cuento de vida: "Abuela, rompí el mundo"
Abuela, rompí el mundo
Hace ya muchos años, mi madre, en su lecho de muerte, citó a Rudyard Kipling; lo cual era curioso, porque hasta que yo pude ir a la universidad, en toda mi casa, no había más que tres libros –lo recuerdo muy bien–. Tres libros: Una Biblia (nunca supe de dónde salió y jamás se lo pregunté a mi mamá), un manual mixto de secundaria, que heredé de mi madre –y que me ayudó hasta el último día de clases–, y un viejo diccionario que se caía a pedazos.
Supongo que mi madre eligió citar a Kipling porque era Atea, no lo decía abiertamente, pero yo pienso que lo era, jamás la vi pisar una iglesia, ni pedir ayuda a Dios cuando las cosas nos iban mal; En fin, en lugar de citar el salmo 91: "El que habita al abrigo del Altísimo vivirá bajo la sombra del Todopoderoso..." Prefirió rezar a su manera, recitando un poema, que tal vez, ni siquiera leyó en realidad, sino que –al igual que yo–, lo escuchó de alguien más.
El Salmo 91. Sí, cómo no. Mi madre era demasiado orgullosa como para vivir al abrigo de alguien y mucho menos bajo la sombra de éste, aún sí éste, fuera el mismo Dios.
En esto me parezco un poco a mí madre, hoy pienso que hay cosas que quizás, realmente pertenezcan a Dios, pero la mayoría de ellas, dependen de nosotros.
Dos días antes de morir, entre los delirios ocasionados por las altas temperaturas, dijo:
Si puedes mantener la cabeza cuando todo a tu alrededor
pierde la suya y te culpan por ello;
Si puedes confiar en ti mismo cuando todos dudan de ti,
pero admites también sus dudas;
Si puedes esperar sin cansarte en la espera,
o, siendo engañado, no pagar con mentiras,
o, siendo odiado, no dar lugar al odio,
y sin embargo no parecer demasiado bueno, ni hablar demasiado sabiamente;
Si puedes soñar -y no hacer de los sueños tu maestro;
Si puedes pensar- y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
Si puedes encontrarte con el triunfo y el desastre
y tratar a esos dos impostores exactamente igual,
Si puedes soportar oír la verdad que has dicho
retorcida por malvados para hacer una trampa para tontos,
O ver rotas las cosas que has puesto en tu vida
y agacharte y reconstruirlas con herramientas desgastadas;
Si puedes hacer un montón con todas tus ganancias
y arriesgarlo a un golpe de azar,
y perder, y empezar de nuevo desde el principio
y no decir nunca una palabra acerca de tu pérdida;
Si puedes forzar tu corazón y nervios y tendones
para jugar tu turno mucho tiempo después de que se hayan gastado
y así mantenerte cuando no queda nada dentro de ti
excepto la Voluntad que les dice: “¡Resistid!”
Si puedes hablar con multitudes y mantener tu virtud
o pasear con reyes y no perder el sentido común;
Si ni los enemigos ni los queridos amigos pueden herirte;
Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado;
Si puedes llenar el minuto inolvidable
con un recorrido de sesenta valiosos segundos.
Tuya es la Tierra y todo lo que contiene,
y —lo que es más— ¡serás un Hombre, hijo mío!
Después de ello, mi madre quedó tan agotada que se quedó dormida y desde entonces tuve la angustiosa sensación de que no volvería a despertar jamás. Y así fue.
Es en este punto, donde comienza mi historia; tal vez, no es la más impresionante que haz de leer, pero deseaba escribirla, porque he aprendido mucho de los años que tengo de vida y de los que me faltan por vivir.
Tras la muerte de mi madre, tuve que irme a vivir con mi abuela. Una mujer de costumbres, de semblante parco, mirada durada y de pocas palabras.
Cada día mi abuela, buscaba diferentes tareas dentro y fuera del hogar, para que las hiciéramos juntos y cuando no había nada que hacer, las inventaba, tanto ella como yo, esa era su manera decirme que debía seguir adelante, hasta el cansancio y aún cansado, que debía seguir peleando, luchando y perseverando. Así pasábamos los días y distraíamos nuestras mentes.
Un día, mientras limpiaba uno de los aparadores de la sala, por error dejé caer un Globo Terráqueo de cristal, que mi abuelo le regaló a mi abuela y que a su vez, ésta última, se la dio a mi madre el día que se casó con mi padre, que también, descansa en paz.
La pieza se partió en dos pedazos y me quedé helado. Mi abuela, que estaba en el rincón opuesto de la sala se quedó tiesa y se volteó muy lentamente. Miró al suelo y vio la pieza de cristal arruinada, me miró a mí y de nuevo al globo terráqueo.
Mi abuela, no era una mujer acostumbrada a poner el grito en el cielo, bastaba una sola mirada para reconocer sus sentimientos; pero, aunque en ese momento, no vi nada –y creo que por eso, me aterré el doble–, me puse a llorar.
La mujer dejó lo que estaba haciendo y se fue a la cocina, yo me quedé en el lugar sin saber qué hacer y, a la vez, sin las fuerzas suficientes para, al menos, recoger las piezas. Cuando mi abuela volvió de la cocina, trajo consigo una bandeja con dos tazas de té y sin mediar palabra, la apoyó en la mesita ratona. Se acercó a mí, juntó las dos mitades del globo terráqueo y me invitó a tomar asiento en uno de los sillones. Ella ocupó el sillón delante de mí y se quedó mirando los pedazos de cristal, suspiró y se llevó la taza de té a los labios.
– Tomá el té, se va a enfriar –me dijo con aspereza, señalando mi taza.
El cuerpo me temblaba. Tomé la taza de té con las dos manos y levantarla, fue como alzar un yunque, le di un sorbito a la infusión y la devolví a la mesa. El pequeño trago que le había dado, me cayó como una bola de plomo en el estómago.
Volví a llorar y entre lágrimas dije:
– ¡Abuela, rompí el mundo!
Los ojos de mi abuela se aclararon un instante y sonrió de lado, luego le dio un sorbo a su té y se quedó mirando una vez más, los pedazos del globo terráqueo de cristal.
– ¡Perdón, abuela! –dije lleno de dolor y temor.
Como dije hace unos momentos, mi abuela era una mujer de pocas palabras y nunca las usaba al azar, las pensaba un largo rato hasta obtener la respuesta; a veces, sí quería algo, tenía que preguntar y esperar, debía hacerlo con casi un día de anticipación, para que lo meditara todo un día y así poder dar una sencilla respuesta, ya sea para un Si o para un No.
– Mi pequeño... –dijo finalmente–, el mundo siempre ha estado roto... –el silencio que presidió a esta frase, me dejó atónito, confundido–, o al borde del derrumbe, quebrado o en llamas.
Mi abuela, dio otro trago a su té e hizo la taza a un lado, luego tomó las dos mitades de cristal del globo terráqueo.
– Lo importante, Bastián –agregó, acercando las dos mitades del globo terráqueo entre sí–, lo realmente importante, es qué hacemos nosotros para unir esos fragmentos y evitar que la próxima vez que se caiga, los levantemos... y vuelvan a estar unidos.
Ese en momento, mi abuela dejó el globo terráqueo sobre la mesita ratona, afirmó bien el pie que sostenía la esfera de cristal y como por arte de magia, ambas mitades de la pieza, quedaron de nuevo unidas.
Luego, tomó el adorno y lo llevó de nuevo a la estantería de los recuerdos y allí permaneció, intacta, a lo largo de todos éstos años.
Mi abuela murió hace un tiempo, yo heredé su casa y sus cosas, entre ellas, el globo terráqueo de cristal, que continua en pie, sobre el aparador, como aquel día en que mi abuela tomó sus piezas y lo dejó allí, como si nunca hubiera dejado de ser un sólo objeto.
Cual es la moraleja de esta historia, bueno... yo les había dicho, que mi abuela siempre escogía las palabras y nunca las dejaba libradas al azar. Hoy después de muchos años, entiendo a qué se refería, cuando dijo que el mundo, siempre había estado: roto, al borde del derrumbe, quebrado o en llamas.
Cuando perdí a mis seres amados, sentí que mi mundo estaba roto; Cuando estaba en la universidad y sentía que no podía más con la carrera o qué no llegaba con los exámenes... sentía al mundo derrumbarse; Cuando me quedé sin trabajo y sin muchas de las cosas que algunos considerarían una necesidad, me sentí quebrado y cuando dejé que la bronca y la frustración, se apoderaran de mi corazón... sentí que el mundo, se cubrió de llamas.
Pero hoy, después de un tiempo puedo decir: Mamá, Abuela, hoy, después de muchos años, me toca a mí juntar los fragmentos... y hoy puedo decirles, que he salido de las sombras.
El mundo es mío, me pertenece y lo más importante, soy un hombre nuevo.
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