Nhmar, microrelato seleccionado en la convocatoria Tahiel Ediciones 2018
Nhmar
El abuelo Bolaá, solía narrar la historia de Nathan; la contaba en las noches cerradas, cuando los cánticos y las risas macabras de las hienas cobraban vida en el corazón de Abuja, cuando los tambores no dejaban de sonar y los gritos colmaban las tierras que los hombres blancos llamaban malditas. Allí, en lo profundo de la región de Nhmar, una vez cada cuatro lunas, la tierra abre sus colmillos para vomitar los cuerpos y los huesos fétidos de nuestros antepasados. Cruzan el río de la Ánimas y llegan al pueblo, los hombres vuelven a los brazos de sus mujeres y los ancianos esperan a sus hijos muertos en batalla. Tocan de casa en casa, de puerta en puerta, sacudiendo el polvo de sus pies en las entradas de las chozas. Son guiados por las fuerzas que invocan los antiguos que pusieron el hechizo que los condenó a vagar por estas tierras perdidas.
El caso de Nathan es distinto. Él ofendió a la hija del chamán y por eso, el viejo lo castigó con la peste de la sangre. Yo era pequeño, pero aún recuerdo a mi tío-abuelo sangrar por cada orificio de su cuerpo. Recuerdo a mi mamá y a la abuela correr de un lado a otro de la casa, tratando de cambiar los cueros de las cabras que nos abrigaban en las noches frías. Vi caérsele las uñas de las manos y los pies, vi su pelo y piel caerse al suelo en pedazos, vi como se le plagaban las llagas de la carne con zánganos y moscas, justo donde los alfileres del vudú lo tocaron. No murió, pero aún así lo enterraron en el cementerio Gris; quienes lo llevaron intentaron borrar las huellas de sus pies para que Nathan no volviera a encontrar el camino. A veces, oímos sus gritos tras la casa; y hasta hoy vaga perdido. La lengua de los muertos es mentirosa y ponzoñosa, llaman pidiendo ayuda, a veces imitan las voces de nuestros conocidos, incluso los hemos oído ladrar como perros y cantar como aves las noches que los hombres y mujeres de Nhmar danzan sobre las llamas disfrazados de espíritus nefastos, mientras fornican con sus deudos y devoran a sus hijos.
Mi abuelo es viejo y ya no distingue ni luces ni voces; a veces se aleja de la casa y lo encontramos días después sollozando y delirando sobre los espíritus que ha visto en el camino. La abuela ya no trata de alcanzarlo; para ella, sólo encontrará paz en la sombra de su hermano, sólo así lavará las culpas de haberlo abandonado.
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