El pequeño diablillo de Hellsinsky

El pequeño diablillo de Hellsinsky


Dolegam intentaba hacer que su cabeza permaneciera en su lugar mientras repasaba una vez más el contrato que había firmado, trataba de hallar en él alguna laguna legal que le permitiera salir del cagadón que se había mandado. Su cabeza se mecía como un péndulo cada vez que resbalaba de la palma de su mano y caía al vacío, al parecer en su último intento de suicidio la soga de nylon de la que se había colgado le había roto no sólo la tráquea sino que también le había dislocado el cuello, ahora debía sostener su cabeza con ambas manos si quería que continuase en su lugar. Lo increíble no era que no haya muerto –a esta altura del partido morir para él sería una bendición-,  lo increíble era que tras pasar tres noches en vela, releyendo continuamente los 6.666 artículos del contrato, todavía no había conseguido hallar una respuesta que le permitiera morir de una maldita vez en paz.
El diablillo estaba allí con él, sentado sobre el estante más alto de la biblioteca, escondido entre los tomos y tomos de libros de derecho que jamás había leído, pero que resultaban una buena forma de llamar la atención de los clientes. La criatura estaba en silencio, con las manos juntas sobre sus escuálidas rodillas y observándolo con sus negros ojillos de roedor, balanceando sus pies en el vacío. 
Las moscas comenzaban a asediarlo y sospechaba que algunas ya habían colocado huevecillos dentro de su oído mientras dormitaba, podía notarlo en el sonido pastoso que emitían las larvas al eclosionar; a su lado llevaba un pañuelo para aquellos accesos donde comenzaba a sangrarle la nariz y notaba su estomago hinchado y deforme donde antes habían estado sus perfectos abdominales.
Ya sé… –dijo  de repente, saltando de su asiento– ¡Quiero un arma!
El diablillo lo miró e inclinó su cabeza en señal de confusión tal como lo haría un perro.
Quise decir que… deseo un arma –se corrigió de inmediato.
El diablillo dio un salto sobre el estante de la biblioteca y aplaudió con ambas manos sonriendo, una hilera de finos dientes afilados se asomó debajo de su hocico de rata sarnosa.
Dolegam oyó un ruido seco que provenía del interior de la gaveta de su escritorio, al abrirla encontró una pistola calibre 22 corto, basada en el calibre 6mm. Flobert. El brillo maniático de su superficie fría, dejó entrever el reflejo de su mano al tomarla. La miró un largo rato, dejó que su resplandor segara su vista y embriagara su mente, pero en ningún momento dejó que el pulso le temblara ante la decisión que había tomado. Así fue que se llevó el cañón a la boca con una mano, mientras con la otra trataba de evitar que su cabeza se saliera de lugar y quedara colgando de su cuello como un balero.
Su respiración –si es que aún podía decirse que respiraba– se agitó, se torno una especie de hálito entrecortado como el jadeo de un perro; no sabía si tenía aliento aún pero seguramente este sería agrio y azaroso, fuerte e hirviente, estaba seguro de que se  habría cagado encima de haber podido.
Se armó de valor e hinchó su pecho –¿de aire? –; jaló del gatillo y…
El arma emitió un “Click”, débil y lastimero.
Dolegam golpeó la superficie del escritorio con ambas manos olvidando que su cabeza caería y si bien ya no podía causarle dolor, el balanceo podía marearlo e incluso hacer que perdiera más sangre de la nariz. Emitió un rugido de cólera y hasta ese momento, no se había percatado de que su voz se oía como si estuviera atrapado dentro de un globo de helio.
Cuando te pido un arma –gritó finalmente incorporándose– se sobreentiende que quiero que esté cargada, estúpido.
El diablillo lo miró sorprendido y bajó las orejas en señal de disculpas por su error. Acto seguido se levantó y al cabo de un instante señaló el arma riendo.
Está bien… –dijo Dolegam, tratando de recobrar la compostura– Deseo un arma CARGADA. CON BALAS.
Se aseguró de recalcar bien sus últimas palabras.
Esperó un momento y para cuando volvió a tener el arma entre sus manos se cercioró de que las balas estuvieran allí, debió inclinar el arma hasta el ángulo irregular que formaba su cuello contorsionado para poder observar los casquillos en el interior del tambor.
Lo intentaría una vez más… esta vez sin dudas, sin dilaciones. Tomó el arma con una mano y envolvió su cabeza con la otra… introdujo el cañón en la boca y…
¡Bang! 
Esta vez se oyó un estampido satisfactorio y muy efectivo, el fragor del disparo iluminó un momento el departamento por encima de la iluminación habitual. Dolegam cayó pesadamente sobre el escritorio mientras de la pared a sus espaldas se escurría un manto de sangre y materia gelatinosa, un pedazo de la tapa del cráneo quedó pegado sobre la pared, pero rápidamente se deslizó y cayó al suelo con un sonido hueco.
Pasaron un par de minutos, fue entonces cuando Dolegam volvió a despertar. Despertó de un salto, gritando, como si hubiese tenido una pesadilla. Al principio creyó que todo había sido un sueño, eso fue hasta que el ángulo desde el que colgaba su cabeza le hizo caer en la cuenta de que había fracasado una vez más; miró detrás de sí y allí contempló el desastre que quedó tras el amasijo de sesos estampados como pulpa de alguna fruta exótica, que se deslizaba lentamente sobre el empapelado en dirección al suelo.
Dios mío… la puta que me parió –dijo en tono de frustración.
El diablillo estaba ahora aún lado del escritorio y con su diminuta, escamosa y palmípeda mano le señaló el artículo 1216 que decía: “El contrato comienza y finaliza del modo, en la forma y bajo la condición en que ha quedado establecida la relación jurídica entre las partes. Concluye sólo con la prestación de las obligaciones contraídas y por lo estipulado a través del presente. No se aceptan los modos anormales de finalización del contrato, entendiéndose por tal: El arrepentimiento, la confesión cualquiera fuese el credo de los firmantes, el bautismo, el exorcismo, la renuncia, el sacrificio, el martirio, la obra buena y la muerte digna o indigna”. 
Luego señaló el artículo 1219 que decía: “Se entiende a los fines del presente contrato como muerte indigna al suicidio en todas sus formas, cualquiera sea el credo del o de los firmantes, sea este inducido por propia mano o con asistencia de terceros, mediare o no pedido de auxilio y cualquiera sea el objeto empleado, material o inmaterial, sea que se trate de las  fuerzas de la naturaleza o de aquellas creadas por el hombre, incluyendo dentro de las anteriores a las fuerzas divinas”.
Grandísimo hijo de puta –Dijo Dolegam entre dientes.
El diablillo rió o más bien chilló y Dolegam intentó aplastarlo con un puño firme y sólido de mármol.
Estuvo a punto de saltar sobre la criatura sin importar que su cabeza diera vueltas, entonces escuchó los golpes en la puerta. Aguardó un momento en silencio y al reconocer la voz de Debra Hesse, corrió a apagar las luces del departamento. 
Debra Hesse, era una de las chicas que trabajaba en la cervecería de la calle 46; era un pasatiempo, el mejor que había tenido desde que su ex lo dejó por una compañera del buffet donde trabajaban. Tenía mujeres, podía tener a cualquiera que quisiera, pero después de todo Debra no era cara, se ahorraba un par de billetes ahí donde en cualquier otra cita lo harían derrochar una fortuna por media hora de placer, sin contar que a ninguna mujer le gusta la habitación económica de un hotel –si uno la toma dejan de esforzarse–, por lo menos eso decía su experiencia. En la filosofía de Walter Dolegam cualquier mujer que valiera por encima de una cena y una cerveza helada, no valía la pena.
Corrió por toda la casa, buscando una y otra vez el cuello ortopédico que solía usar en los juicios de daños y perjuicios, hasta que lo encontró; le gritó a Debra que esperara mientras se lo colocaba alrededor del cuello para evitar que este volviera a caerse. Luego recordó el hoyo que tenía detrás de la cabeza… hundió la mano en el hueco y retiró de allí las esquirlas aún humeantes de la bala, pensó y pensó, hasta que finalmente encontró la solución. Revolvió entre los cajones de ropa de invierno de la cómoda y sacó un viejo gorro de lana color negro, olía mal, pero por el momento le serviría para tapar el agujero. Después recordó su aliento, seguramente Debra intentaría besarlo –ninguna buena relación sexual que se precie como tal empieza bien si no hay un par de besos–… no había tiempo de cepillarse los dientes, así que engulló una buena porción de pasta dental. 
Estoy listo, se dijo en su interior, así que salió a recibirla.
Corrió hacia la puerta y le indicó al diablillo que se ocultara, que desapareciera, que hiciera cualquier cosa que fuese que hagan los demonios cuando nadie les presta atención o, cuando uno, en su vacía existencia piensa que no existen o que jamás han estado ahí.
Finalmente abrió la puerta.
Hola Debra –dijo mostrando la sonrisa más mecánica de su repertorio– ¿cómo estás?

Al principio le costó encontrar las excusas para disculparse por su estado, se le ocurrieron mil pelotudeces, puras incoherencias, creía que con su florido lenguaje de joven universitario podría burlar fácilmente la mente de una chica que apenas había terminado el secundario nocturno, pero olvidó una regla muy importante… la intuición y el sentido común suelen ser más importantes que el conocimiento en sí.
Por otro lado trató de mantener la luz de la sala apagada en todo momento, sólo se limitó a encender la lámpara que estaba juntó al sofá de terciopelo azul; trató de enfocarlo de modo tal que su proyección evitara la mancha de sangre y los restos de cerebro que habían quedado detrás de su escritorio.
Intentó hablar con ella y dejar que esta se aburriera, le dijo que no se sentía bien y que a causa del “accidente” que había tenido, no estaba de humor para salir a jugar ese día, en realidad, en su interior era consciente de que tras la muerte la sangre se coagula, si se coagula no fluye, si no fluye no hay erección. Una ecuación sencilla. 
La ecuación le recordó que cuanto más tiempo pasara quieto más rápido aceleraba el proceso del rigor mortis, de hecho con cada muerte el proceso se hacía más doloroso y difícil de revertir y Debra estaba particularmente cariñosa ese día; de hecho se desnudo en un abrir y cerrar de ojos cuando él se volteó para servir dos medidas de coñac. Quiso echarla pero ella se abalanzó haciendo que este tirara las copas y que las esquirlas de cristal saltaran de un lado a otro de la habitación. Intentó alejarla, le habría echado a patadas de ser posible, pero Debra necesitaba plata y eso se notaba en su esfuerzo desmedido.
Finalmente le dijo:
Debra… necesito contarte algo. Estoy en problemas.
¿Qué pasa? –dijo ella suspirando entre una mezcla de enojo y frustración.
Sé que esto va a sonar raro… –comenzó a decir, pero un eructo fuerte salió desde el fondo de sus entrañas.
Un olor fétido y nauseabundo inundó el ambiente… eran los gases fermentados de un cuerpo en descomposición.
El hedor golpeó a Debra justo en la nariz, y esta corrió la cara como si la hubiesen abofeteado.
¡Que asco Walter! –dijo horrorizada– acaso te estás pudriendo por dentro, te moriste y no te diste cuenta.
Sí… –contestó rápidamente Dolegam sin escuchar sus palabras, lo pensó ligeramente y trató de corregirse– No… No sé… Debra necesito que te calles y escuches.
Bueno –dijo la chica restándole importancia, acto seguido sacó un estrujado paquete de cigarrillos y encendió uno, dejando que el humo del mismo contrarrestara la hediondez repugnante que pululaba en el ambiente.
La semana pasada, encontré en la estación de subte, un maletín; al principio dudé en tomarlo, pero al ver que parecía caro y que no había nadie a mi alrededor que pudiera reclamarlo decidí agárralo y traerlo a casa. Mientras viajaba noté que llevaba escrito en una pequeña chapa dorada la palabra “Hellsinsky”, por un momento eso me recordó la capital de Finlandia y pensé que podía tener dinero adentro así que esperé hasta llegar a casa para abrirlo, luego recordé que no se escribía igual.
Las  palabras de Dolegam corrían con un río fuera de control, mientras lo hacía, el aire, los gases descompuestos de su interior brotaban hacia el exterior y para cuando quiso darse cuenta el gusto mentolado del dentífrico había quedado aplastado por un aliento que le recordó el olor de una cloaca; aún viendo la cara de repulsión de Debra decidió continuar, era la primera vez que era realmente libre de compartir un secreto.
Cuando llegué aquí, abrí el maletín y de allí salió una criatura, que al parecer estaba a punto de morir asfixiada… en recompensa por ayudarla ofreció cumplirme tres deseos, pero tres deseos me parecieron pocos, así que cometí el estúpido error de pedir como primer deseo que la criatura no supiera contar, creí que iba a ser magnífico poder pedir una cantidad indefinida de deseos; Mi segundo deseo fue… ser inmortal. Pero para que el diablillo pudiera cumplir dicho deseo tuve que firmar un contrato que no sujetaba mi límite de deseos sino que la verdadera intención era sujetar esa inmortalidad a algo más mundano, lo cual quedaría sellado por el siguiente deseo y de esa forma, ese ser de porquería podía asegurarse de reclamar mi alma en algún momento. Claro, todo esto lo entendí después de que firmé.
En este punto Debra estaba sumida en una expresión de enojo e incredulidad, una expresión rabiosa y estúpida al mismo tiempo, no podía creer el tiempo que había pasado oyendo incoherencias en lugar de estar nadando en un mar de orgasmos. Dolegam continuaba:
Yo pedí que al final de cada día el maletín se llenara con medio millón de dólares y desde entonces cada día al cumplirse la medianoche, ese maletín que está en aquel rincón se llena de medio millón de dólares, pero la condición del contrato es que debo gastarlo todo antes de que termine el día y comience el nuevo. Te voy a mostrar.
Dolegam corrió delante de los ojos atónitos de Debra, cuyo cigarrillo se le había consumido en los dedos sin siquiera percatarse desde cuando comenzaban a quemarle. El muchacho tomó del escritorio donde minutos antes se había volado los sesos, una resma de hojas gigantesca; por un momento, se olvidó de la enorme mancha de sangre en la pared y encendió la luz para que Debra pudiera leer.
Dolegam llegó al lado de la chica y le mencionó el artículo 666 el cual citó en voz alta:
–  “A los fines de este contrato queda establecido que, la prestación de: medio millón de dólares –escrito con sangre, en letra y números, como debe ser todo contrato para no prestarse a confusiones- será otorgado al final de cada día bajo la condición resolutiva de que este sea gastado antes de las cero horas –letras y números en sangre- del nuevo día, entendiéndose por día el plazo que corre de medianoche a medianoche. El empleo de la prestación objeto de este contrato, no puede ser donado, perdido, destruido, quemado, abandonado, ni objeto de ningún hecho o acto o accionar que no sea para el uso, empleo, conveniencia, satisfacción o en beneficio del señor Walter Dolegam, hijo de tal… y tal… dni… domicilio… número de alma, bla, bla, bla, etcétera, etcétera, etcétera…
Para cuando Dolegam levantó la mirada notó que Debra no lo miraba a él, sino a punto fijo en el espacio, al voltear hacia dicho punto observó con sorpresa el error que había cometido al encender las luces… dejó expuesta la enorme mancha de sangre en la pared. Para ese momento el cigarrillo casi consumido había caído de los dedos de Debra sobre la alfombra y comenzaba a dejar un pequeño hoyo humeante en su superficie.
Dolegam emitió un grito desesperando e intentó cubrir a Debra con sus brazos, pero está lo apartó e hizo un esfuerzo inhumano para esconder el grito que luchaba por brotar desde lo más profundo de sus entrañas.
Finalmente la chica se levantó y Dolegam trató de hacer lo mismo por su parte, pero el crujido de sus músculos entumecidos le recordó que ya había muerto por tercera vez… y que el rigor mortis era cada vez más insoportable; se acercó a ella y la tomó de la muñeca; Walter aún sostenía el mamotreto de hojas de papel, en cambio la chica seguía perdida en la mancha de la pared y dudando en si debía gritar o preguntar lo que sea que hubiera ocurrido.
¿Qué pasó? –dijo por fin con vocecilla de niña.
Un accidente –respondió Dolegam lo más rápido que sus cuerdas vocales laceradas se lo permitieron.
Luego Debra se giró hacia el muchacho y le arrebató el contrato, entonces leyó en voz alta los dos primeros artículos:
–  “Artículo 1: A los fines del cumplimiento del siguiente contrato se declara que: Inciso a. Queda establecida la competencia y la jurisdicción para entender en las causas que nazcan del presente, a manos de los tribunales colegiados del noveno círculo del infierno, presididos por los jueces Caín, Judas Iscariote y Adolf Hitler. Inciso b. Recursos: los recursos podrán ser invocados sólo en las circunstancias y en los plazos establecidos siendo los mismos perentorios e improrrogables. Inciso c. La instancia extraordinaria será interpretada con carácter restrictivo, entendiendo en última ratio el Señor juez del mundo Lucifer. Artículo 2: Queda establecido que todo aquello que no está prohibido, está permitido. Nadie está obligado a hacer lo que no manda la ley de este contrato ni privado de lo que ella no prohíba”.
Al terminar esto, Debra dejó caer el contrato y comenzó a reír histéricamente. Por momentos su risa ahogada se sumía en un leve quejido que cualquiera podría haber confundido con un sollozo.
Debra, esto es algo muy malo –dijo Dolegam tratando de conservar la compostura en una leve pausa– necesito que me ayudes a morir… 
¿¡Qué!? –aulló Debra, abriendo los ojos grandes como platos– ¿¡Te volviste loco!?
¡Sí! –contestó automáticamente Dolegam sin escucharla; al ver la expresión en el rostro de la joven tras lo que pareció una milésima de segundo se frotó furiosamente las sienes y se corrigió– Quiero decir no. Mierda. No lo sé. Sólo sé que si logro encontrar la forma de morir sin romper con las reglas del contrato, mi alma no se irá al infierno.
Mientras discutían ni Dolegam ni Debra se percataron que la ceniza del cigarrillo que la chica estaba fumando momentos atrás, logró mezclarse con el coñac que había caído al suelo después de romperse las copas durante aquel fugaz momento de lujuria y que, una azulada llama comenzaba a cobrar vida, trepando sobre el lujoso sillón del departamento de soltero del abogado.
Te voy a demostrar que lo que digo es cierto –agregó Dolegam, ahora, una desesperación maniática se apoderó de todo su cuerpo–. Acaban de dar las 00:01 del 4 de febrero, así que muy cortésmente te invito a que abras el maletín.
La muchacha se tiró el pelo hacia atrás, mientras dejaba que sus dedos finalizados por unas delicadas uñas esculpidas rascaran su cuero cabelludo con su paso y dejando detrás de ellos unos surcos como un campo recién arado; luego se llevó ambas manos a la cintura y torció sus labios en una mueca de incredulidad. Dolegam que comenzaba a ponerse nervioso ante el escepticismo de su compañera, la tomó con violencia por la muñeca y la arrastró delante del maletín. El fuego al pie del sofá comenzaba a elevarse, toda la escena parecía transcurrir demasiado rápido.
Abrí el maletín –ordenó Dolegam que de haber podido sudar o tan siquiera llorar de la desesperación, se habría convertido en una catarata caminante.
Al llegar delante del maletín, Debra adoptó una postura que a Dolegam le recordó los momentos en que su hermana se ponía en caprichosa cuando eran niños y por un fugaz instante, su mente fantaseo con la idea de borrarle la sonrisa sarcástica que se asomaba en sus labios de una cachetada, pero luego recordó la desventaja de estar solo en el mundo, un mundo que él había construido sobre los cimientos de la conveniencia… negocios, sexo y favores… allí estaba la verdadera clave de las seudo-amistades que conservaba y Debra era la única que estaba allí, la única persona con la que había compartido su secreto, por ende, la única que podía ayudarlo.
Para empezar, le mostró las palabras sobre la placa doraba de la superficie azabache del maletín y efectivamente decían: Hellsinsky; luego lo abrió sin que Debra pudiera emitir ningún comentario que pudiera ponerlo en ridículo. 
Aquí está –dijo con aire triunfante– medio millón de dólares.
Los ojos de la chica brillaron, centellaron, se cubrieron de una nube mezcla de terror y sorpresa. Su boca cayó inerte. Era la primera vez que había visto tanto dinero junto en toda su vida. 
De… de… - comenzó a decir Debra, pero su voz se oía como si estuviera atrapada en el interior de una fosa muy profunda, tragó saliva, lo hizo con aspereza como si hubiera tomado una trago de Vodka puro, finalmente pudo articular las únicas palabras que su mente deslumbrada podían evocar en ese momento- ¿De dónde sacaste todo esto?
Ya te lo dije –gritó Dolegam- fue el demonio, el diablillo. Hellsinsky.
Dolegam pareció reflexionar un momento y al cabo de unos segundos que parecieron durar una eternidad, agregó:
Te lo regalo.
Debra lo miró con ojos duros y escrutadores, se sentía ridícula como si la hubiesen encontrado masturbándose con el consolador más grande del mundo.
¿Qué? –dijo finalmente y sintió el fuerte impulso de darle a aquel joven abogado una buena cacheta, aún sin tener una razón.
Te lo regalo –repitió Dolegam.
Y antes de que ella pudiera resistirse el muchacho le había arrebatado la cartera y comenzó a llenarla de billetes; manojo tras manojo de billetes nuevos, verdes y prolijamente apilados y fajados. Ella sólo se limitó a mirarlo, volteó la cabeza a ambos lados y fue entonces que vio el fuego.
¡Fuego! –gritó.
Dolegam se volteó casi sin importancia y sin dejar de cargar los fajos de billetes en la cartera de su compañera. Al ver el fuego que comenzaba a devorar vorazmente su sillón, se detuvo y volvió a correr a través de la sala.
No intentó apagarlo, no intentó ni siquiera correr a la cocina para buscar el matafuego que estaba ubicado bajo la mesada, sólo se limitó a ver como el fuego trepaba del sillón a las cortinas y extendiéndose sobre la alfombra cuyo fulgor le recordó un río de lava.
¿No vas a hacer nada? –gritó Debra histérica. 
El muchacho la escuchó, pero no le hizo caso, en cambio se dio la media vuelta y caminó lentamente a través de la sala en dirección a Debra con los ojos nublosos, perdidos y lagrimosos. Los ojos de la locura. Un fino hilo de sangre comenzó a correr hasta sus labios, deteniéndose sobre la hendidura de los mismos hasta formar una débil línea sanguinolenta.
Tenés que ayudarme a morir Debra –dijo, su voz se escuchó cascada y curiosamente lejana.
Estas completamente loco –dijo Debra retrocediendo en dirección a la puerta- No te acerques.
Pero Dolegam no hizo caso. Siguió avanzando a paso sereno por la habitación, parecía flotar como un fantasma.
No estás entendiendo –dijo– Tengo que morir. Debe haber alguna forma –las llamas detrás de él y el calor dentro del departamento, iba aumentando cada vez más y más- Al principio creí que sería divertido. A quién no le gustaría tener medio millón para gastar al día. Fue fácil los primeros días. Oh Deby, puedo decirte Deby ¿no?; he comprado tantas cosas, debo tener cuatro departamentos iguales a este en la ciudad, tengo un choche distinto para conducir cada día de la semana sin tener que usar el mismo dos días seguidos. Tengo dos yates. Y creo que tengo una isla sólo para mí en las Antillas… tengo todo lo que quiero, pero me olvidé de un detalle…
Detuvo un momento sus pasos pesarosos y lerdos para pensar. Observó en dirección hacia la biblioteca y allí estaba en pequeño diablillo, sentado como en un principio… manos juntas sobre las rodillas y pies flotando de atrás hacia adelante en el vacío, con sus enormes y profundos ojillos negros de roedor. Ojos que adquirían una peculiar tonalidad rojiza ante el fulgor de las llamas. Ojos expectantes. Ojos capaces de ver a través de la carne. Allí babeando por el alma de un abogado más de ciudad que creyó que podía ser más listo que él.
Olvidé… -continuó con una serenidad perpetua, arrastrando sus pies en dirección a la chica- Olvidé que estás cosas tienen que declararse, en este país uno no puede adquirir este tipo de cosas sin declarar impuestos, o peor aún, evadirlos y salirse con la suya. La policía me persigue, el fisco, el estado está detrás de mí… pero prefiero ir preso, antes que ir al infierno. Tengo que hallar la forma de deshacerme del dinero y encontrar alguna laguna legal en el contrato para poder interrumpir lo que empecé, de lo contrario, si no cumplo con el contrato el destino que me espera es peor que la muerte misma. Debo morir e interrumpir el contrato, pero no puedo. Todo esto terminará el día que ya no pueda encontrar la forma de deshacerme del dinero. Estoy harto. Y vas a ayudarme, quieras o no.
Para entonces Debra había llegado a la puerta, tomó el picaporte. No quitaba los ojos de Dolegam y el fuego, pero el muchacho no podía moverse más rápido de lo que en aquel momento podía desplazarse por el rigor mortis.
¡A la mierda! –gritó ella– Estás loco. Me voy. 
Dolegam se detuvo en seco y observó como la chica comenzó a hurgar en el interior de su bolso. Ahora me va a tirar el dinero, pensó, y era exactamente lo que Debra pensaba hacer, pero no pude porque al introducir la mano, la retiró rápidamente… para cuando la sacó, su mano ya estaba envuelta en un guante de eses y gusanos.
Dolegam sonrió y dijo:
Te regalé el dinero… un regalo cuenta como donación. Artículo 666.
Debra le arrojó el bolso en el rostro y se dispuso a marcharse, pero antes de que pudiera desaparecer tras el umbral de la puerta, Walter Dolegam le dijo:
Hey Deby… ¿¡Qué te parece esto!?
Entonces el muchacho se retiró el gorro de lana y abrió la boca para que Debra pudiese ver a través del agujero que le hizo la bala al destrozarle el cráneo… detrás de aquel abismo sangriento podía verse las llamas que devoraban el departamento.
Me crees ahora –gritó retirándose el cuello ortopédico y dejando que su cabeza callera flácida como un péndulo.
Debra se desahogó en un grito que pudo escucharse en cada rincón del los 9 pisos del edificio y salió corriendo.
Dolegam rió, una carcajada áspera, seca y estridente. Espero en medio de la sala, observando atentamente el escenario a su entorno. Se dejó llevar por la locura, no sentía temor; las llamas se tragaban todo a su paso… la temperatura de la habitación iba en ascenso tanto que la piel del rostro comenzaba a derretírsele, pero no tenía miedo, se sentía eufórico, extasiado. En las calles comenzaban a aullar las primeras sirenas de los camiones de bomberos, abriéndose a paso acelerado por la avenida principal, rebasando el límite de velocidad y cruzando los semáforos en rojo.
¡Esto es el infierno! –gritó Walter Dolegam, alzando las manos en dirección al cielo raso, fue un grito enloquecido, un bramido estremecedor- Tendré un bronceado maravilloso –dijo riendo a carcajadas y, las llamas lo envolvieron. 

Un auto deportivo negro, un auto de alta gama –demasiado para un barrio de los suburbios de la ciudad- se detuvo frente al kiosco ubicado en la esquina de las calles 46 y 48.
El anciano se encontraba bajando la cortina metálica y solo quedaba cerrar la puerta con los candados Brunx. Tenía una rodilla sobre la vereda, por lo que tuvo que incorporarse lentamente para que el crujido de esta no le arranque un destello de dolor que le hiciera rechinar su dentadura postiza desgastada. Se dio la media vuelta y observó cuidadosamente al hombre que bajaba del auto.
El hombre, bajó del auto y cruzó la calle sin mirar a los lados, al parecer no le interesaba lo que podría ocurrirle si algún conductor descuidado lo arrollaba, la gente suele estar muy loca en estos días, suele distraerse mucho a causa de los teléfonos celulares, pensó el anciano que veía a aquella figura acercarse a paso robótico, pesado e inarticulado.
Al principio se asustó, creyó que estaban a punto de robarle, secuestrarle o lo que sea que pudiera ocurrir en una ciudad donde la gente está tan loca y desinteresada como para cruzar la calle sin mirar a ambos lados. Se preparó para lo peor.
El hombre llevaba un atuendo viejo y mohoso, parecía un vagabundo, pero ningún vagabundo podría estar conduciendo un auto como aquel, un auto verdaderamente increíble. Llevaba anteojos de sol aunque era muy tarde, un barbijo, un sombrero café y una gruesa bufanda alrededor del cuello. 
Cuando estuvo lo suficientemente cerca del vendedor este pudo observar el detalle de los guantes negros en las manos y los borcegos raídos y descoloridos por el paso del tiempo.
Buenas noches –dijo el sujeto, su voz se oía ronca, forzada, desbordada de enfermedad– Necesito que me venda… –pensó un instante– una golosina.
Acaso me está tomando el pelo –dijo el anciano– acaso no ve que estoy cerrando. Además son casi las doce de la noche…
Las once cincuenta y seis minutos y doce segundos… –lo interrumpió el extraño– tiempo es tiempo –agregó al final y el anciano lo miró de arriba abajo sin comprender aquellas palabras; el hombre lo notó, por lo que decidió agregar– Nunca se es demasiado tarde si hay tiempo… y nunca es tarde para ganar algo de dinero… se me apetece una golosina… le pagaré muy bien.
Fuera. Estoy cerrando. Vuelva mañana –dijo el vendedor en tono grave como si le estuvieran tomando el pelo, pero si hubiera podido ver los ojos de aquel sujeto, o por lo menos lo que quedaba de ellos, habría comprendido que este hablaba muy en serio.
Deme una golosina… cualquiera –repitió el extraño e hizo flamear delante de los ojos del hombre un billete.
Cien dólares –dijo el viejo, sus ojos brillaron exasperados.
Así es… abra esa puerta y busque cualquier golosina, pero cuando le pregunte cuánto cuesta, usted responderá: cien dólares. ¿Entendido?
El vendedor afirmó con la cabeza y abrió nuevamente la puerta del negocio sin quitarle los ojos al billete verde que flameaba al ritmo de una brisa perezosa, la típica brisa de las noches calurosas de febrero.
Aquí tiene –dijo el vendedor que sostenía en su mano una tableta del chocolate más caro que podía encontrarse en un pequeño negocio de los barrios bajos.
¿Cuánto es? –preguntó el extraño.
Por un momento el sujeto se impacientó, miró su reloj desesperado. Temía que el viejo estúpido hubiera olvidado su parte del guión.
¡Ah claro! Son cien dólares –dijo el vendedor impaciente por tener el rostro de Franklin en sus manos.
El hombre frente a él, pagó sin chistar, para cuando quiso darse cuenta el dinero cambió de manos y automáticamente la diminuta pantalla del reloj digital que llevaba el extraño sonó.
Qué le parece –dijo triunfante- ya son las doce de la noche. Justo a tiempo una vez más… que tenga usted un excelente día.
El vendedor ni siquiera se percató del saludo, ni tampoco del momento en que aquel sujeto se alejó y subió a su auto para continuar con su marcha calle arriba, en dirección a la salida de la ciudad; éste solo se limitó a mirar el billete del derecho y del revés embobado por la mejor venta de su vida.
Una vez que Dolegam subió al auto, se quitó los anteojos de sol, el barbijo y el sombrero, la bufanda se la dejó para que le sostuviera la cabeza. Se sentía sofocando aunque las costras de su piel –derretida y carbonizada, casi hasta los huesos– habían dejado de humear. Su boca desnuda quedó petrificada en una sonrisa perpetua de 32 perlas relucientes.
Al parecer estuve cerca –dijo finalmente mirando por el espejo retrovisor, en dirección rincón del asiento trasero del auto donde se encontraba el diablillo de Hellsinsky– Muy cerca –murmuró.
Vio una vez más sus fríos y profundo ojitos de roedor y pudo ver en ellos un brillo de gracia. 
Rompió la envoltura del chocolate y lo mordió, masticó y masticó sin poder reconocer sabor alguno. Los muertos no comen chocolates al parecer, pensó y tuvo ganas de reír.
Hoy estuvo cerca, pensó, tal vez en el paraíso sí coman chocolate. Hoy pude salirme con la mía, la pregunta es… por cuánto tiempo. 
Pide otro deseo, dijo su mente.
¿Para qué? Respondió otra parte de sí. Tengo dinero y esa es la solución a todas las cosas. Aparte morir no es una opción, vivir tampoco. La policía está detrás de mí.
Dolegam encendió la radio.
“En otras noticias –comenzó a decir el presentador con voz enérgica-, el cuerpo carbonizado del abogado y profesor universitario Walter Dolegam, desapareció del depósito de cuerpos de la morgue judicial. Recordamos que esta tarde un incendio se produjo en el interior de su departamento, cobrándose la vida de éste y de tres vecinos más del mismo piso… al parecer un descuido…”.
Dolegam apagó la radio, ya no le apetecía oír nada, sólo quería tratar de recordar los 666 artículos del contrato y hallar una laguna legal en su mente.
Oíste eso –dijo dirigiéndose al diablillo- ahora resulta que también soy un homicida… ¿Algo más…?
El diablillo sonrió y Dolegam rió amargamente alejándose más y más de la ciudad.  

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Un cuento de vida: "Abuela, rompí el mundo"

Recomendación para iniciarse en el mundo de King. Nivel 1

Nhmar, microrelato seleccionado en la convocatoria Tahiel Ediciones 2018