El vigilante nocturno
Vigilante Nocturno
Este relato tiene su razón de ser;
yo conozco esas razones y con eso basta.
Estaba donde muchos habían comenzado. En el baño. Y eso le traía recuerdos divertidos de su preadolencencia. Solo que a diferencia de sus primeros años de juventud, ya no necesitaba de la complicidad de unos azulejos para masturbarse, de hecho, había perdido la constancia y la habilidad; pero lo seguía haciendo de vez en cuando, por supuesto. Las costumbres son difíciles de erradicar.
Tampoco necesitaba simular que estaba cagando para prenderse un cigarrillo, porque ahora tenía la edad suficiente para hacerlo sin que nadie le dijera nada.
El tiempo había pasado, y eso podía notarse incluso en el modo de entretenerse… leer el suplemento deportivo o fantasear con el culo de la chica de la contratapa –una imagen que a cualquier hombre le gustaría grabar en sus retinas antes de volver a la cama y encontrarse con la mujer con la que se lleva casi 25 años de casados-, habían perdido su encanto, o simplemente había pasado de moda.
Tiempo atrás, leer las leyendas escritas en las paredes o en la puerta del baño le habrían hecho sentir a uno que la constipación no era un problema tan grave luego de que recuperas el color natural de tu rostro o cuando las venas azules por las fuerzas de la tensión vuelven a su lugar, de hecho antes servían para que uno pudiera enterarse quién era activo o pasivo dentro de una relación homosexual, o qué chica era un blanco fácil para pasar un buen rato –hoy también, pero con menos frecuencias y gracias que en los viejos tiempos-; y lo mismo ocurría con las leyendas satíricas, ridículas o graciosas… sin lugar a dudas los jóvenes de hoy en día eran menos originales que en su época, pero aun así sabían mantener la tradición de que caracteriza a todos los baños públicos… entre los números telefónicos y las direcciones de correo electrónicos, estaban los escritos con lapicera y de pulso tembloroso donde rezaban frases como “EL CAGO ANTES DEL PARCIAL ES CLAVE”, “CAGUEN FECILES, CAGUEN CONTENTOS, PERO POR FAVOR CAGUEN ADENTRO”, “LA TENSIÓN EN ESTE BAÑO ES 10 DE 10”; “EL QUE LEE ESTO ES UN PUTO”; pero ahora, la mayoría de estos fueron reemplazados por leyendas políticas vacías, aburridas y carentes de vida.
Y allí estaba Bergmann, un hombre más del común con su celular en la mano, y un cigarrillo en la otra, deliberando si era el momento adecuado entre cagar o escribir en la barra del buscador de la aplicación la dirección de la página porno con la mayor cantidad de categorías que pudo encontrar en una de las largas noches en el puesto de seguridad de la universidad. A sus 45 años, Bergmann era un hombre más en la posición más vulnerable en la que se puede encontrar uno, rodillas juntas, músculos fáciles tensionados y el culo blanco y velludo al descubierto.
Encendió un cigarrillo, un RedRod, que básicamente era uno de esos cigarrillos que te causan Epoc en la mitad del tiempo que tardan otros de mayor calidad. Miró su reloj. Eran las 03:00 a.m., prácticamente uno de los pocos momentos en que la universidad estaba completamente vacía y uno podía disfrutar de ir a cagar con la misma paz y tranquilidad que en tu propia casa.
Los pasillos estaban vacios, de vez en cuando podía oírse parpadear la luz fluorescente de algún rincón perdido, las puertas de las aulas estaban cerradas y sus luces apagadas, en el sector de deportes así como la pista de atletismo descansaban en un silencio sepulcral después de un largo día de arduos juegos y entrenamientos. Las canillas que gotearon desde que había conseguido el empleo de guardia de seguridad seguían goteando emitiendo un leve chasquido al chocar contra el frío mármol del lavamanos. Todo ello implicaba orden, y con eso su trabajo estaba hecho; por ende, según su filosofía, se había ganado un momento para sí mismo.
Estuvo constipado durante días, pero hoy era el día en que aquella incomodidad terminaría. De hecho luego de ponerse azul de la fuerza la sensación de presión en su vientre cesó de forma casi instantánea. Le fue inevitable reírse de los sonidos que salían de su interior cuando estos recorrían el edificio con un eco fantasmal, como así también tratar de disipar los olores agitando los brazos como si fuesen alas.
Todo estaba en orden.
El baño estaba compuesto por un lavamanos dividido en diez sectores, 24 mejitorios divididos en 12 a ambos lados del largo pasillo central, y trece baños tradicionales apartados en un tercer pasillo. Todos envueltos por la paz y el silencio más profundo que uno pudiera imaginar.
Su esposa le clavó el visto al mensaje que le había enviado a las 19:00 horas, así que supuso que estaría retozando con su mejor amigo. Lo sabía. Lo había descubierto hacia tiempo, y aún necesitaba pensar los últimos detalles de su plan para deshacerse de ella.
Su reloj dio las 03:01 a.m., y alguien abrió la puerta…
Al principio oyó el eco de los pasos aproximarse.
-¿Coleman? –Se apresuro a decir, pero Coleman no contestó.
Permaneció sigiloso oyendo el vaivén de la puerta… y los pasos al otro lado.
Coleman era su compañero en aquella noche, había compartido otros turnos con él, pero nunca el turno nocturno.
-Ya salgo –dijo en tono culpable, el silencio y aquellos pasos lo inquietaron.
Una sombra se dejó asomar al otro lado de la abertura de veinte centímetros sobre los que se elevaban las bisagras de la puerta, los mismos veinte centímetros que se dejaban asomar en cada uno de los cubículos que dividían al resto de los baños.
-¿Pasa algo? –preguntó, tratando de que su voz se oyera firme.
Una tensión electrizante cubrió la atmosfera del baño, y hacía calor. La humedad comenzó elevar los olores de mierda y meada clásicos de un baño público, el olor era tan intenso que por un momento le dio la sensación de estar en la estación de trenes.
La sombra se detuvo frente a la puerta donde Bergmann había estado agradeciendo los 10 minutos más gloriosos del día, el cigarrillo ya se había consumido en sus dedos y sólo emanaba un leve humillo de agonía antes de que las cenizas llegaran al filtro… y él o eso, estaba allí, no se movía, no emitía sonido ni respuesta alguna, sólo estaba ahí parado.
Estuvo a punto de decir algo, fue entonces que tocaron a la puerta, el sonido casi hizo que el corazón se le saliera del pecho.
Tres golpes. Firmes. Contundes.
-Está ocupado – su voz había perdido entereza, y tuvo que simular el trago de saliva que cruzó áspero por su garganta.
La sombra se alejó y sus pasos pasaron de largo hacia el cubículo siguiente, justo a su lado. Oyó las bisagras de la puerta continua emitir un chirrido lastimero y luego cerrarse. También prestó suma atención al ruido mudo que emitió el pasador al asegurar la puerta.
Emitió un suspiro, pero no un suspiro de alivio si no de nerviosismo que su mente confundió por un segundo con la tranquilidad de que el visitante nocturno solo era un hombre más buscando donde echar un par de troncos al rio.
Bergmann, que había empezado a transpirar producto del calor y la humedad, se secó el sudor de la frente con la mano que tenía libre mientras con la otra apretaba su celular.
Era hora de salir. Si aún le quedaban ganas de cagar, ya se le habían pasado. Volteó hacía donde debería estar el rollo de papel higiénico el cual se cercioró que estuviera completo antes de entrar… pero en él no había nada, sólo un cilindro vació de cartón prensado. Sus ojos y su mente permanecieron un instante atónitos y confusos ante el escenario, luego de asegurarse de que no tuviera aunque sea un paquete de pañuelos descartables en su bolsillo, se decidió a hurgar en la solidaridad de su compañero.
Al otro lado se oía silencio, un silencio interrumpido sólo por una respiración profunda y pausada. Pensó en repetir la pregunta, pero antes de que pudiera hacerlo del otro lado se dejó asomar un rollo de papel higiénico cubierto de mierda, sangre y moscas… pese a ello, lo peor fue ver la mano negra y calcinada de quien estaba al otro lado.
Sus ojos se abrieron de par en par ante la escena, intentó ahogar un quejido de repulsión, pero decidió que si aquello era una broma pesada lo mejor sería reaccionar con tranquilidad, después de todo con el culo sucio y dentro de un cubículo de dos por dos en una universidad casi vacía, salvo por Coleman por supuesto, se encontraba en una gran desventaja.
Hizo el ademán de intentar tomar el rollo de papel higiénico, intentando convencerse de que aquello fuera sólo una amarga jugada del insomnio inducido y de su mente cansada, pero al ver que aquella imagen no se desvanecía retrajo su mano e hizo su rostro aún lado. Sintió ganas de gritar, de incorporarse y partirle los huesos a quien se estaba burlando de él. Pero lentamente la mano comenzó a desaparecer junto al rollo de papel inmundo, hasta perderse del otro lado, llevándose consigo las moscas y el hedor repugnante que aparecieron con ella.
Bergmann pensó, se tomó un segundo que podría haber confundido con varios minutos y resolvió quitarse las medias y usarlas para limpiarse, pero justo cuando estaba apunto de hacerlo, una voz del otro lado… una voz rancia, áspera, gutural, dijo:
- ¿Me das un cigarrillo?
Lo pensó. Lo pensó dos veces y cuando creyó que estaba seguro volvió a pensar una vez más. Finalmente tomó el paquete de cigarrillo, y dentro de él dejó su encendedor, hizo que el mismo se deslizara sobre el linóleo opaco.
- Gracias –respondió la voz del otro lado.
Seguidamente se oyó el chispeo del encendedor y al segundo intento un leve resplandor se asomó, Bergmann estaba tan nervioso que pudo sentir el calor que emanaba aquella diminuta llama como si la hubiesen colocado directamente frente a su rostro. Una débil nubecilla de humo se elevó por lo alto del cubículo.
La mano carbonizada, descarnada, volvió a asomarse por los veinte centímetros vacios del separador, esta vez para devolver el paquete de cigarrillos y el encendedor que se asomaba de su interior tal cual Bergmann se lo había entregado, solo que esta vez regresaba recubierto de excremento y moscas.
Sin lugar a dudas no era Coleman. De eso podía estar completamente seguro.
Bergmann se apresuró a limpiarse con el par de medias y las lanzó al tacho que aguardaba a su lado lleno hasta el tope de papeles sucios, formando un cono como un árbol de navidad marrón.
La mano volvió a meterse, desapareciendo como una figura espectral. El hombre se apresuró a levantarse los pantalones, ni siquiera se tomó el tiempo suficiente para abrocharse la hebilla, ni subirse el cierre. Metió su celular en el bolsillo, y apresó su handie con rapidez, alargó la otra para liberar el pasador, pero…
- No se mueva… -se oyó un suspiro y se liberó otra bocana de humo espesa- si intenta salir Bergmann, lo mataré.
Bergmann tragó saliva y lentamente comenzó a llevarse el handie a la altura de la boca. Sólo debo presionar el botón, pensó, pero nunca pensó en lo que iba a decir después.
- Bergmann… esta noche, usted morirá.
- ¿Quién sos?
- Tengo muchos nombres. Yo soy Bá al Zebúb, en tú lengua Belcebú, más conocido como Baal. El señor de las moscas.
- Ah sí, claro… por supuesto –dijo Bergmann en tono irónico pero en realidad lo que quería era simular el cagazo que tenía- y yo el conejo de Pascuas.
- No me crees. Te lo probaré –dijo emitiendo un resoplido y acto seguido una nueva bocana de humo azulado volvió a cubrir la atmósfera de los pasillos- Tú nombre es Dennis Bergmann, el guardia nocturno de la universidad. Conseguiste el trabajo luego de que tú tío Franco Bergmann se jubilara. Naciste el 12 de octubre de 1972, en la Clínica Santa Juana de Arco a las 08:46 de la mañana. Eres hijo de Marta Stegman, una chismosa… y de Walter Bergmann un carpintero cobarde que se suicidó cuando tenías 24 años.
Bergmann escuchaba atentamente los detalles de su vida, incluso prestaba atención en aquellos aspectos que había olvidado e incluso ignorado, podía incluso haber muerto sin conocerlos y aun así su mundo no parecería perder el sentido, el rumbo o la importancia como hasta ese momento.
Su compañero de baño continuaba, hablaba rápido y ligero, sin titubeo ni dudas.
- Cuando tenías 8 años te caíste aprendiendo a andar en bicicleta, de ahí la cicatriz de tu pierna derecha y la razón por la cual usas pantalones largos incluso en los días más sofocantes de verano. A los 18 años tú mamá te descubrió masturbándote en la cama y pasaste una semana entera sin tocarte; el mismo viernes de esa semana, debutaste sexualmente, un poco tarde a mí parecer; pero acabaste justo 4 minutos después de haber penetrado por primera vez una vagina. La chica quedó embarazada, la rechazaste, y jamás reconociste al bastardo que llevaba en su vientre hasta que murió la tarde del 15 de …
- ¡Basta! –gritó Bergmann y su voz pareció retumbar desde un abismo tan profundo como el mismo infierno.
La voz del otro lado reemplazó sus palabras por una risa estruendosa y un acceso de tos lo dejó mudo unos segundos, sólo unos segundos…
- Aún hay más… mucho más.
Bergmann se apresuró a posar su mano sobre el seguro de la puerta, pero se quedó rígido al notar que del otro lado había alguien más. Esperando.
Se alejó tanto como pudo dentro de cubículo de dos por dos, luego se inclinó para ver por debajo de la abertura de veinte centímetros que separaban la puerta del piso, lo que vio lo dejó sin aliento… del otro lado aguardaban silenciosas un patas gruesas y peludas, con unas enormes pezuñas negras… eran las patas robustas y fibrosas de un caballo.
- Te dije que si salías de ese baño, iba a matarte Bergmann –dijo luego de un momento- no hagas que la hermosa biografía que estaba narrando termine tan pronto y de un modo tan ridículo.
El vigilador sentía en su interior una tormenta, era la mezcla del miedo, la confusión y una furia asesina, pero como siempre el miedo era más fuerte. Su mano se cerraba violentamente sobre el handie, su pulso pasó de la debilidad a la tensión y de la tensión a un temblor frenético de impotencia y angustia... Los nudillos se le habían puesto blancos, el labio inferior le temblaba y sus ojos habían enrojecido al borde de las lágrimas. Por un instante quedó suspendido en un espacio vacío, una zona blanca y muerta donde no había lugar para las luces ni los sonidos… hasta que decidió que aquello no podía estar ocurriendo, fue entonces cuando tomó el handie, lo acercó a su boca y accionó el botón rojo ubicado a uno de sus laterales. Con voz clara, rápida y fuerte; estaba a punto de enloquecer pero se esforzó para que su mente le dictara las palabras justas y creíbles para no despertar la burla o la sospecha de una broma en su estúpido compañero que seguramente estaba con alguna repetición de algún programa de chimentos de trasnoche. Bergmann dijo:
- Coleman… tengo problemas, un loco entró y me tiene encerrado en el baño; está armado y es peligroso, está amenazando con mat...
Una interferencia fuerte y estruendosa ahogó aquel zumbido susurrante que abría el paso de la comunicación en el aparato.
- Dennis… Den… is… -
Por un momento su mente atónita confundió la voz del otro lado del handie con la voz de Coleman, hasta que los tonos familiares de aquel timbre lo despertaron con una serie de estallidos de recuerdos prematuros.
- Dennis ¿Eres tú? Pajero, Hijo de Puta –La interferencia comenzaba a cesar lo suficiente como para distinguir las palabras- Cuando vengas te voy a cagar a palos.
La voz familiar comenzó a adquirir forma y pronto la reconoció… tembló, sus piernas comenzaron a fallarle, su equilibrio comenzó a debilitarse, se recargó contra una de las paredes del cubículo, el olor a mierda y meada concentrados nunca había sido tan fuertes ni tan palpables como para generarle un acceso de claustrofobia que iba en incremento a cada segundo que pasaba, se secó el sudor de la frente con la mano libre y seguidamente intentó aflojar el nudo de la corbata en un intento desesperado por recobrar el aliento.
Abrió la boca y sin pensar siquiera en lo que estaba a punto de de decir, susurró en un murmullo bajo y lacónico…
- ¿Papá?
- Te saludo desde el infierno, hijo mío.
El handie resbaló de su mano y cayó al suelo como un bloque de plomó, un bloque de plomo que se deslizó bajo la puerta al exterior tan rápidamente que apenas tuvo tiempo de verlo desaparecer al otro lado.
Y cayó sumido en un sueño profundo, un sueño que pareció trasportarlo hacia la eternidad… por un momento fue devorado dentro de una sombra pesada y opresiva de la que sintió que no podría escapar jamás.
Se equivocó, hasta el momento era más fácil describir aquellos sucesos de su vida en los cuales no se había equivocado. Era duro admitirlo, pero el primer error que sintió que cometió desde los anales de su propia historia, fue el hecho de haber nacido.
El hedor a mierda se había impregnado en sus ropas y en su piel, las moscas comenzaron a asediar su cuerpo inerte que yacía pesadamente acurrucado en posición fetal, abrazando la boca fría del inodoro.
- No te culpes Bergmann, sólo llegaste al lugar equivocado en el momento equivocado.
Otra vez aquella voz, Bergmann intentó incorporarse con la mayor entereza que sus piernas flojas le permitieron. Se había dado un fuerte golpe al caer pero había transcurrido el tiempo suficiente como para que el fino hilo de sangre que corría de su frente hacia el mentón se coagulara adquiriendo una tonalidad herrumbrosa. Se espantó las moscas que giraban a su alrededor con ambas manos.
- La razón por la cual no puedo tocarte, es sencilla. Hay reglas y debo respetarlas… Y no puedo entrar a un lugar si no soy llamado o invitado.
- Pensé que el Diablo no obedecía reglas –murmuró Bergmann intentando mostrarse gracioso ante las situación.
- Veo que te despertaste de buen humor. Bueno, seré sincero; las únicas reglas que no rompemos son aquellas que nos permiten permanecer en este mundo.
- ¿Ustedes son muchos? –Preguntó el vigilador.
- Exacto. Todavía no me crees que… Yo Soy el que Soy.
- Dime, ¿qué tengo en mi bolsillo derecho?
- Un billete de 20 que guardaste de cambio para la máquina expendedora de golosinas… el número de serie es 7-8-5-6-1-2-3-2-5-4-8-9-F.
Era cierto.
- ¿Y en el izquierdo? –Volvió a retrucar el hombre.
Hizo la pregunta para ganar tiempo, la certeza la tuvo desde el momento en que comenzó todo, que era ¿cuánto…? ¿las 03:02 a.m.?
- Arañas… -contestó el demonio al otro lado- Miles.
El bolsillo izquierdo del pantalón de gabardina gris de Bergmann comenzó a abultarse y a vibrar como si cobrara vida, de él comenzaron a brotar ciento de miles de arañas, algunas pequeñas y otras más grandes que no tardaron en recorrer su cuerpo y su cabeza, intentó apartarlas con sus manos, pero estas comenzaron a trepar por sus manos y a meterse por la abertura de las muñecas de la camisa. Sus delgadas patas le producían cosquillas, su caminar rápido y frenético podía sentirse en tras cada centímetro de su fugaz pasar, el roce entre ellas producía un sonido ápero y reseco semejante al frote de dos hojas de papel; aunque ello podría bien haber sido producto de su imaginación, lo picaron como si fueran avispas.
Gritó, zapateó, se azotó a sí mismo en el reducido espacio con el que contaba que parecía a una tumba revestida de azulejos. Desistió de gritar cuando notó que algunas de las arañas pequeñas comenzaron a meterse en su boca y picar su lengua, intentó protegerse los ojos y los oídos, pero las arañas se abrieron paso.
Del otro lado, se oía la risa estrepitosa del ser que se hacía llamar Baal.
Las arañas comenzaron a caer al suelo y a deslizarse sobre las paredes, corrían alejándose en dirección al cubículo de su compañero.
Bergmann estuvo a punto de abrir la puerta, pero allí recordó lo que ocurriría, fue que con fugaz astucia su mente se iluminó, y gritó tan fuerte que su garganta estuvo al borde de desgarrarse... El celular.
Tomó el celular de su bolsillo izquierdo temiendo que volvieran a brotar las arañas.
- ¿A quién vas a llamar? –preguntó el demonio- No me digas que a tú esposa… -Rió- Tú y yo sabemos que en este momento debe tener la boca ocupada sobre la verga de ese al que llamaste tú mejor amigo… ¿por cuánto tiempo…? 20 años.
Bergmann fingió no escuchar, estuvo a punto de dejar que el celular se le resbalara de las manos, pero no fue así. Marcó el número de su esposa.
Se oyó el tonó de marcado, y luego de la tercera vez que sonó alguien contestó… pero otra vez surgió la interferencia, luego se oyeron los gemidos de su esposa y los quejidos mudos de otro hombre…
- Qué extraño –dijo su compañero- es la primera vez que me equivoco. Pensé que estaría chupándola… pero ahora veo que está cogiendo como una yegua en celo.
“Ay siiiii, papi... así… fuerte, fuerte, FUERTE… dame más…”
Estuvo a punto de hacer estallar el celular contra la pared del baño, si no hubiese sido porque era más probable que se rompiera la pared antes que el celular.
Miró su reloj, se había detenido a las 03:01.
- Se me hace tarde Bergmann, tú padre no tuvo problemas en matarse… porque mejor no abres de una maldita vez la puerta o me dejas pasar y todo habrá terminado… de ninguna forma me iré de aquí sin tu alma.
Bergmann oyó con atención y volvió a alargar la mano, su mente aún fantaseaba con la idea de que todo fuera un mal sueño y que al abrirla no ocurriría nada, luego se miró las picaduras de las arañas; sea como sea, quién estaba del otro lado podía haberse tomado el trabajo de investigar su vida y de memorizarla mejor que él mismo, pero no podía inventar nada semejante, aquello había sido real, muy real.
Volvió a retraer la mano y cuando estuvo a punto de llevársela al bolsillo para no sucumbir a la tentación, se lo volvió a pensar dos veces.
- Cómo quieras, te di una oportunidad, y no la tomaste –La voz de su compañero se oía ronca y colérica- Las reglas dicen que yo no puedo entrar, pero no quiere decir que no pueda enviar a alguien a buscarte.
Se oyó un GLUP desde el interior del inodoro, una burbuja brotó desde el fondo de las cloacas arrastrando consigo un olor fétido de huevos duros. Fue entonces cuando comenzó a resurgir desde el ojo oscuro en el que se había transformado el cuello y la boca del inodoro, una masa amorfa, blanda y… pastosa.
De las más repulsivas entrañas de la inmundicia humana, surgió una mano compuesta de caca, papel higiénico, tapones y toallitas femeninas que aún conservaban manchas de sangre carmesí, preservativos usados, y bollos de vello púbico…
El guardia de seguridad se apresuró a cerrar la tapa y se apoyó sobre ella recargando todo el peso de su cuerpo con ambos brazos, la tensión dejó ver sus venas gruesas y azuladas, desde el interior del inodoro una fuerza extraña casi logró expulsarlo contra la pared, estuvo al borde de perder el equilibrio, intentó detener una vez más aquello que amenaza con surgir desde las cloacas, y fue entonces cuando decidió pararse sobre la tapa, mientras debajo de ella “Eso” seguía golpeando, luchando, esforzándose por salir. Para ese punto Bergmann ya no tenía el suficiente aire en los pulmones como para gritar, pero su corazón desbocado estaba apunto de ahorrarle el trabajo con un paro cardíaco.
Y Baal reía.
Las moscas volvieron a acumularse formando una nube que eclipsó por completo el resplandor de los fluorescentes.
A pesar del peso de Bergmann, la tapa del inodoro se elevaba escasos pero suficientes tres centímetros de la superficie de mármol que dejaba liberar una carga espesa y nauseabunda de hedores indescriptibles, luego comenzó a chorrear y derramarse litros y litros de agua morrón, espesa y viscosa como diarrea.
Bergmann comenzó a gritar, a pedir ayuda, ahora le importaba un carajo lo incoherente que pudieran oírse las palabras o las frases para describir los hechos… las moscas se abalanzaron sobre él y comenzaron a envolverlo tratando de que su equilibrio entorpeciera y que la cosa que estaba reteniendo en el interior del inodoro se liberara. Intentó apartarlas batiendo sus brazos frenéticamente mientras el zumbido de sus alas comenzaron a aturdirlo.
Bergmann abrió su boca lo más grande que pudo y comenzó a aullar por ayuda con toda la fuerza que su garganta podía soportar sin desgarrase las cuerdas bocales… pero las moscas cambiaron de dirección en su vuelo y fueron a parar en cantidad al interior de ella. Bergmann cerró la boca de forma mecánica y sus mandíbulas se tensionaron sobre los cuerpos crujientes de los insectos, haciéndolos reventar, liberando un gusto dulce y agrio al mismo tiempo; las escupió, pero era tarde, para cuando quiso darse cuenta ya se había tragado varios ejemplares de las moscas.
- Fuera, fuera, fuera… -comenzó a decir el demonio del otro lado, primero despacio, luego fue elevando el tono de su voz y acelerando su ritmo hasta que las palabras se perdieron con un sonido similar a una cinta de VHS reproduciéndose a máxima velocidad.
El vigilante tomó su celular y volvió a marcar el número de su esposa en la agenda.
Llamando… decía la pantalla… llamando… Y atendió…
Otra vez se oyeron los gemidos.
El demonio comenzó a reír nuevamente y se detenía sólo cuando la tos lo ahogaba lo suficiente como para impedirle darle inmediatamente una nueva pitada a uno de los cigarrillos baratos.
- No vas salir, eh… Como quieras. Esta vez voy a sacarte…
Los golpes de la criatura del inodoro cedieron y empezó a manar con mayor intensidad litros de desperdicios que comenzaron a escurrirse desde las tuberías. Las moscas se alejaron un momento y luego desaparecieron como si en el fondo intuyeran lo que estaba apunto de ocurrir. Bergmann puso atención al silencio que precedía a la tormenta, un silencio que no hacía más que tensar la atmosfera petrificada donde el tiempo y el espacio yacían muertos y cubiertos por una fuerza que electrificaba todo a su paso. Fue entonces cuando oyó abrirse furiosas y al unísono los grifos de los lavamanos, acto seguido se oyó correr el agua de los mejitorios, y finalmente, todas las cadenas de los inodoros de los cubículos restantes se accionaron… oyó el agua correr y su paso en el vacío de la noche, recorría la habitación entera con la profundidad y la furia de diez cataratas.
- Vas a salir… sino vas a terminar…
- Ahogado como una rata –susurró Bergmann, completando la frase.
- Buena suerte… -dijo el diablo y se escuchó como la colilla del cigarrillo que acaba de terminar se apagaba con el agua que comenzaba a correr a lo largo y a lo ancho del pasillo.
El agua comenzaba a fluir con más presión con cada segundo que pasaba, de repente se escuchó a lo lejos un sonido agudo y profundo como el lamento de un monstruo herido en una cueva, solo que este sonido provenía desde más abajo… y de un lugar más fétido…
“Las napas”, gritó su mente, y entonces Bergmann comenzó a sujetarse de las paredes esperando lo peor, se puso a gritar con tanta fuerza que las venas de su cuello parecían estar a punto de estallar.
El animal herido de las profundidades volvió a emitir su gemido gutural y lastimero, sólo que esta vez no estaba dispuesto a morir, sino a abrirse paso desde las entrañas de su prisión en la tierra.
Los caños maestros subterráneos reventaron, la fosa de contención se tapó, y dada la presión que se ejercía en su interior, las cloacas se ahogaron y los desechos que alguna vez fueron a parar en sus abismos, volvieron a brotar desde donde alguna vez ingresaron. En resumen, el agua que corría caudalosa de los grifos, los mejitorios y los inodoros, comenzó a tornarse marrón, un marrón espeso… y a pesar de las asquerosas texturas que brotaban de ellos, lo peor era el olor… olor a mierda de años y años de antigüedad, años de una fosa repleta de heces. De repente se oyó una especie de explosión acuosa… y se escuchó el agua correr con más intensidad… los inodoros comenzaron a convertirse en géiseres.
Bergman que había tratado lo mas que pudo de cuidar de que sus zapatos no se mancharan con los miles de litros de desperdicios humanos que empezaban a asomarse por debajo de su cubículo, continuó agazapado sobre la tapa del inodoro, sintiendo los músculos rígidos como si fueran de mármol.
El baño entero comenzaba a inundarse, en sólo cuestión de minutos, los desperdicios comenzaron a formar una capa de 30 centímetros… y para cuando quiso darse cuenta Bergmann estaba sosteniéndose utilizando la fuerza de sus piernas, espalda y brazos, formando un ángulo recto con el cuerpo sobre los paneles paralelos que separaban un baño del contiguo… no esperaba poder resistir mucho, y el río de deshechos incrementaba su caudal para convertirse en un océano.
Volvió a cerrar su mano con fuerza sobre el celular, y al parecer Baal había desaparecido, marcó una vez más el número de su esposa…
Llamando… llamando… llamando… los segundos más desesperantes de su vida… y contestó.
Esta vez era Kary, al parecer había dejado un momento de coger con su amigo para atender a su llamado… la odiaba con todas sus fuerzas, pero en aquel momento lo embriagó una sensación de felicidad que no había sentido antes…
-¡Kary! –Gritó- ¡Mi amor… necesito ayuda! ¡Estoy atrapado!
- ¡Dennis! –contestó ella- No te escucho, hay mucho ruido de fondo. ¿Dónde estás? ¿Qué estás haciendo?
“Me habría gustado estar en tu lugar, pero con dos modelos una negra y otra rubia, para variar un poco”, pensó su mente delirante, mezcla de rabia y angustia.
- ¡Estoy atrapado en el baño de la universidad! –Aulló Bergmann, sus músculos comenzaban a ceder, la única mano que sostenía su pesado cuerpo se resbalaba por el sudor de la desesperación- ¡Es una emergencia! ¡Necesito ayudaaaaa!
- Dennis, no te entiendo…
Pudo deberse a muchas cosas. Pudo deberse a un fallo de cálculo, pudo deberse a la incomodidad de mantener el equilibrio suspendido entre dos paneles, pudo deberse al dolor y la tensión en sus músculos, a un acceso de calambre, la falta de actividad física. En fin, Dennis Bergmann se desplomó pesadamente, desapareciendo en el interior de aquel océano inmundo y pastoso…
Volvió a salir a flote y emitió un grito agónico de asco y locura, la situación había fragmentado su mente en mil pedazos. Su mente irónica y al borde del desquicio reconoció sabores familiares en los desechos y aunque vomitó, ya no sentía alivio de dicho acto reflejo, le daba lo mismo, ya estaba cubierto de heces ajenas… nada podía ser peor que eso, y aún así su cuerpo no dejaba de temblar del shock. Para cuando quiso darse cuenta, comenzó a brazear intentado nadar, no le quedaba otra cosa que tratar de abrirse a paso para evitar morir ahogado, o peor aún continuar tragando materia fecal; su mano continuaba aferrada al celular… pero no tardo mucho en comprobar que el mismo quedó inutilizable desde el mismo momento en que cayó y se mojó.
Lo lanzó y lo hizo estrellarse contra el techo, que ahora solo quedaba a pocos centímetros de él. Redido, buscó con las manos resbalosas el pestillo que liberaría la puerta, mientras sus pies pateaban incesante para no terminar hundiéndose y ahogándose. Oía el zumbido de las moscas, pero no las veía. Allí supo que estaba enloqueciendo, aún así su instinto fue más fuerte, y seguía buscando el pasador que liberaría la puerta… ya estaba resignado.
No lo encontró, ya casi tenía el rostro contra el techo, ya no tenía sentido salir, ni buscar el pasador, como tampoco tenía sentido seguir luchando, sus gritos se habían convertido en suspiros, hálitos desbocados, trataba de esforzarse por mantener la boca y la nariz en la superficie. Respirar. Trata de hacer algo, lo que fuese, mientras podía y cuanto pudiera, o simplemente por el tiempo que le quedaba. Sus piernas comenzaron a fallarle, ya no le quedaban fuerzas. Y se dejó caer. Hundirse. Su cuerpo se negó a sentir y por un momento, por un débil instante morir no parecía una mala opción. Comenzaba a desaparecer.
De repente el agua y los desperdicios comenzaron a mermar… lentamente el caudal de aquel río fétido, pestilente e inmundo comenzó a bajar con la misma velocidad con la que comenzó a fluir de cada rincón del baño de hombres al final del último corredor, el más extenso y alejado, de toda la universidad. Al final sólo quedó el cuerpo de Dennis Bergmann, encallado en un rincón nuevamente sobre la taza del inodoro como una ballena en la arena.
El cubículo estaba hecho un desastre. En las paredes divisorias quedaron grabadas las marcas de sus manos como figuras rupestres. Todo en distintas tonalidades y degrades de marrón.
La noche había terminado. Un nuevo día había comenzado.
- Regla número dos Bergmann, puedo llevarme cualquier alma que elija, buena o mala, siempre y cuando lo haga… antes del amanecer.
La voz se oía lejos.
- Ve y di que me has visto.
La voz desapareció como el recuerdo de un mal sueño.
Miró su reloj.
Era de día.
Intentó incorporarse, pero las piernas le fallaron, volvió a verse sobre la taza del inodoro, miró hacia el suelo y allí estaba el paquete de cigarrillos RedRod, lo tomó con una mano tembloroso; por un instante sintió alivio al ver que en su interior todavía había quedado uno completamente limpio, no le importó tomar el paquete envuelto en desechos humanos, porque él mismo se veía como una montaña de desperdicios cloacales; el encendedor también estaba intacto. Le costó abrir la boca, no tenía idea del tiempo que había pasado inconsciente, pero lo había estado el tiempo suficiente como para que las costras de mierda se solidificaran y se resquebrajaran con sus movimientos.
Encendió el cigarrillo.
La primera pitada, llegó al interior de sus pulmones como un aliento de vida. Pero a la segunda, tuvo que arrojarlo. El amargor del humo en su boca le recordaba al gusto de la mierda… incluso en la mierda había podido reconocer sabores familiares que pese al hedor no eran desagradables.
Más difícil que ponerse de pie, fue el simple hecho de correr el pasador, pequeño e inservible, que lo había mantenido a salvo durante la noche más larga de su vida. Una traba que podía haber cedido de una sola patada, pero que para los demonios resultaba ser un arma más letal que cualquier crucifijo.
Al abrir la puerta, se encontró con un escenario confuso y pensó que podría deberse a que su mente todavía continuaba sumida en una especie de nube de perplejidades.
El baño, era blanco. Tan blanco que debió cubrirse los ojos para protegerse del brillo inmaculado de los azulejos de la paredes.
Caminó con paso errante, lento e inseguro, ni siquiera se tomó el tiempo de mirar a su alrededor. Ni siquiera se molestó en mirar en dirección al sector de los mejitorios, ni los techos. Todo estaba limpio.
Llegó hasta el sector de los lavamanos. No se atrevía a levantar la mirada para contemplar su reflejo en los enormes espejos de salón que recorrían los cinco metros de largo de la habitación. Accionó el botón de la canilla, el frío del metal le produjo un leve cosquilleo bajo la palma. Contempló el agua cristalina brotar hasta que esta dejó de correr por sí sola. En ningún momento, pensó en lavarse ni el rostro ni las manos, le bastaba con saber que estaba vivo.
Por fin encontró el valor suficiente para mirarse al espejo. Y estaba tal cual como lo imaginaba; sonrió, pero no lo hizo ni por gusto ni por gracia, sólo quería confirmar que la razón por la cual su aliento apestaba… y lo confirmó.
El vomitó emergió como invocado por una fuerza dolorosa que le recordó el sencillo hecho de que no había comido nada desde la noche anterior. Aún así los fluidos viscerales mezclados con jugo estomacal le escocieron la garganta en su escape al exterior, su gusto ácido le recordó… ¿a la meada?
Los espasmos se asemejaban a puñetazos en la boca del estómago, pero por mucho que se esforzara era más dolorosa la arcada que aquello que podía liberar del interior.
Hasta el momento Bergmann no se había percatado que un chico, un estudiante, lo observaba del otro lado del corredor de los lavamanos. Llevaba un ridícula camisa cuadriculada, estilo leñadora en color ladrillo, que sobre su esquelético cuerpo parecía colgada de un perchero de madera, sus ojos abiertos como platos no dejaban distinguir donde terminaban los ojos y donde comenzaba las monturas de sus gruesos anteojos; al verlo Bergmann estiró su mano, intentaba pedir ayuda pero no podía emitir sonido alguno pese a que horas atrás, se pasó la noche gritando desaforado.
El chico no lo comprendió y con su paso lento y errante era más fácil confundirlo con un zombi que con un ser humano., así que el chico salió corriendo, por su paso pateo el handie, lo miró de refilón pero no le dio importancia alguna. Bergmann, lo siguió, corrió tras él, y salió en dirección al pasillo de la universidad… estaba ciego, lo único que su mente podía ver y registrar era la llamativa camisa del chico huyendo por los pasillos…
Bergmann no se había dado cuenta que, con la luz del día no sólo el demonio se había ido, sino que también había dado comienzo al nuevo día, y por consiguiente a una nueva jornada lectiva.
Al mirar a su alrededor notó por primera vez las decenas, los ciento de pares de ojos que lo observaban con rostros pálidos, perplejos, ojos que denotaban horror y repugnancia. Bergmann, ya no se molestó en pedir ayuda, sólo a caminar con tristes y lentas zancadas a lo largo del pasillo, mientras chicas y chicos, se apartaban de su paso cubriéndose la nariz y la boca con ambas manos, escuchó detrás de sí que alguien emitía una fuerte arcada y sonrió. Si hubieras vivido lo que yo anoche, pensó amargamente.
El joven de camisa leñadora y gruesos anteojos regresó escoltado por otros dos guardias. Los conocía, y los conocía bien. Lenan y Sanabria, los encargados del sector de Derecho y Ciencias Políticas del turno mañana. A pesar de que Bergmann los reconocería donde fuese –y en circunstancias normales ellos también, el turno noche y el turno mañana se cruzan quieran o no al hacer el cambio de guardia- ellos no se percataron de su identidad.
Lenan y Sanabria lo escoltaron hasta la salida. Bergmann desfiló entre burlas y gestos que denotaban asco. Los guardias de seguridad ni siquiera se habían percatado que debajo de tanta suciedad estaba oculto un uniforme, el mismo uniforme que vestían ellos cada mañana durante seis días a la semana antes de salir de casa.
Lo empujaron de una patada a la calle y rieron. Bergmann permaneció sentado durante un largo tiempo sobre el cordón de la calle observando fijamente un punto blanco y vacio en el horizonte. Su mente se encontrada fragmentada, hecha pedazos, pero no lo suficiente para reconocer que aún tenía suerte… el demonio no se lo había llevado y sus compañeros de trabajo no lo reconocieron, por ende, luego de volver a casa, podría bañarse y regresar de nuevo a su puesto de trabajo, tendría que pensar una buena excusa, pero claro… Esa era tan sólo una opción.
Una mujer ataviada con un carísimo bléiser de verano, paseaba a sus dos perros, un chihuahua y un Canish Toy, le arrojó un billete de diez al pasar. Bergmann lo tomó entre sus manos y luego de unos instantes sonrió. También me puedo acostumbrar a esto, pensó… pero claro, esa también era una opción.
Una mosca se posó sobre el billete y su mano; la miró y aunque el insecto sabía que estaba sobre un humano, no lo percibió como una amenaza, sólo se limitó a refregarse la cabeza con sus patas delanteras.
- Has salido Bergmann.
Oyó de repente detrás de sí.
Nota del Autor: Dos cosas.
Uno: Sí, me quedé encerrado en el baño de la universidad.
Dos: El resto es pura imaginación.
Este relato es mi forma de disculparme por haber roto la puerta del baño de la universidad para salir. Trabajaba en el Call Center. Eran las 23.42 cuando todo ocurrió.
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